Resumen:
“Ustedes me van a juzgar, pero no olviden que todavía falta que a ustedes y a mí nos juzgue la historia”. Estas fueron las últimas palabras del discurso con el que el entonces Jefe de Gobierno de la Ciudad de México, Andrés Manuel López Obrador, se defendía en el año 2005 ante la Cámara de Diputados por el juicio de desafuero en su contra. Pasados 19 años de aquel momento López Obrador logró ganar la presidencia de México y buena parte de sus opositores políticos, por no decir que casi todos, no han dudado en juzgarle como un líder anti democrático y plenamente autoritario que tiene por objetivo liquidar la democracia mexicana.
Las percepciones antidemocráticas, los miedos autoritarios y los juicios de valor que equiparan a López Obrador con figuras políticas como Donald Trump, Jair Bolsonaro o los que van más lejos y lo ponen al nivel de Fidel Castro o Hugo Chávez tienen una explicación. A pesar de que el gobierno de López Obrador fue electo mediante comicios libres y democráticos ha existido entre un sector de la sociedad, de la academia y de los intelectuales una noción que concibe al gobierno obradorista como un gobierno antidemocrático cuyo objetivo es erosionar la democracia hasta devolver al sistema político mexicano al terreno del autoritarismo y la hipótesis es la siguiente:
Los antecedentes y el contexto de la democracia mexicana cuando López Obrador ganó las elecciones presidenciales del 2018 provocaron que se percibiera al gobierno recién electo como un gobierno autoritario y alejado de los principios democráticos, esto se debe a que no obstante que la victoria electoral del Morena fue democrática existen elementos estructurales de la democracia mexicana que llevan a asumir de forma errónea a los gobiernos de Morena como gobiernos antidemocráticos.