Resumen:
La condesa sangrienta de Alejandra Pizarnik construye un cuerpo que no se toca ni se explica, sólo se rodea. Este ensayo pregunta cómo el cuerpo y el espacio de Erzébet Báthory llegan a ser una sola instancia: un organismo especular y hostil que hiere al reflejarse. No es una hipótesis, sino una preocupación que se sigue capítulo a capítulo: primero las genealogías del Simbolismo, los Poetas Malditos, el Surrealismo, el Romanticismo y el Gótico, cinco corrientes que Pizarnik hereda y transforma para mostrar que el horror no nace de un poder ajeno a lo humano, sino de la libertad ejercida sin medida; después el contraste con La comtesse sanglante de Valentine Penrose, donde ella necesita historia, linaje y astros para sostener el horror, y Pizarnik sólo necesita mirarlo; y finalmente Reflejos Opacos, el recorrido por la mirada, el cuerpo, el nombre, el tiempo y la libertad de Csejthe, donde Merleau-Ponty, Safranski, Bataille, Finol y Glissant son instrumento, no marco.
No se pretende resolver a Erzébet Báthory, gesto que el ensayo rechaza desde su primera página; se busca el lugar donde convergen las lecturas que la crítica ha sostenido por separado: el mal vuelto estética, el cuerpo como transgresión y el espacio como arquitectura del sujeto. El cuerpo se aborda no desde la fenomenología y la opacidad: cuerpo y espacio en Csejthe se revelan como una misma superficie que hiere al reflejar y refleja hiriendo.